Rulfo habría frecuentado la vieja cancha de gallos, y en abandonados callejones vecinos hubiera sostenido encuentros con sus muertos que ya  mantenían silencios imperecederos, ya rompían su reserva mineral para contarle a su intermediario cosas del otro lado.

 

 

Quizás Borges la visitó fugazmente, no porque le placiera hacerlo, sino porque su destino laberíntico lo llevó a ella, pero se marchó de prisa por su río de infortunio sin saber si, como la suya, era eterna o la habían fundado. Apenas tuvo tiempo para entrever en el horizonte una dinastía de cuchilleros que no le recordaron los de su Palermo, salvo por la estirpe de su bravura.

 

 

El mismo horizonte transmitió el rumor de las pisadas acompasadas con que regresaban los chiriguanos en son de guerra con el afán de recuperar las tierras de las que habían sido desposeídos por los conquistadores, que preferían la espada a la cruz. De su nombre no pudieron despojarla: Jesús de Montes  Claros de los Caballeros. Vallegrande. Había ordenado fundarla un virrey de estirpe noble que quiso inmortalizarse con este valle de hombres y maíces. Y lo logró.

 

 

El Che no caminó sus calles, pero dejó en ellas la huella indeleble de su sueño y su coraje. En esas  páginas, otrora de piedra, quedó escrita parte de su historia. Por ellas trasladaron sus despojos rumbo a una clandestinidad imposible, pues él era inocultable. ¿Fue azar del destino o determinismo histórico que Vallegrande fuera la tumba desde la que volvió a su Cuba de la vida?

 

 

Vallegrande fue un antecesor de Macondo en tres siglos. En su mapa de mitos, leyendas y realidades, en sus macizos seres humanos reales  y en sus vívidos inventos de vidas (la fantasía es más fuerte que la existencia). El inventario de lo dicho y sucedido está a nuestro alcance en el “Cronicario de la Ciudad de Jesús de Montes Claros” de  su polígrafo, el constante y multifacético Hernando Sanabria Fernández.

 

 

Hoy, 26 de enero de 2013, se cumple el aniversario del pronunciamiento de Vallegrande por la libertad de América, en el que se rememora a los vallegrandinos que lo vencieron e izaron su cráneo en estas calles de la emancipación. Estas líneas sencillas son el homenaje de un hijo agradecido.